Nuestro Dios es un Dios creador que no improvisa; Él tiene un plan y un sueño perfecto para nuestra vida. Desde el principio nos entregó la bendición y la capacidad interna para multiplicarnos y dar fruto. Aunque el pecado busca robar nuestra verdadera identidad, Jesús vino a restaurarla para que caminemos como hijos con propósito.

En este caminar, debemos entender que el cielo habla y la tierra obedece. Los obstáculos siempre se levantarán, pero no deben hacernos abortar la visión. Cuando Dios te llama, Él mismo te asegura: “Yo iré contigo”, entregándonos la provisión necesaria a través de su Espíritu.

“Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla…” (Génesis 1:28)

¡Dejemos las excusas, apropiémonos de su identidad y ejecutemos los sueños que nacieron en el Padre!