Este domingo compartimos una palabra sobre el milagro en el estanque de Betesda. Allí, un hombre llevaba 38 años esperando ser sano, con su esperanza puesta solo en el movimiento del agua.
Pero Jesús se acercó para mostrarle que la verdadera fuente de sanidad no era un estanque, sino Él mismo. Al decirle: “Levántate, toma tu lecho y anda”, aquel hombre fue sanado al instante.
Según leemos en Juan 5:1-15, la enseñanza no termina en el milagro físico, sino en la necesidad de una transformación espiritual. Jesús no solo sana lo externo; Él desea cambiar nuestro corazón para darnos vida en abundancia.
