Fuimos llamados a caminar en una dimensión que va mucho más allá de lo natural. Nuestra vida en Cristo no está limitada por diagnósticos, circunstancias, herencias, temores o imposibilidades humanas, porque Dios está por encima de todo aquello que alguna vez intentó marcar nuestro destino. Por eso, no fuimos llamados a vivir desde la rutina o la resignación, sino con una expectativa diaria de que Dios puede hacer algo nuevo y sobrenatural en nuestras vidas.

La fe es una habilidad dada por Dios para cada uno de sus hijos. Es la capacidad espiritual de crecer en su Palabra, creer en lo imposible y caminar confiando en lo que Dios ha dicho, aun cuando nuestros ojos no lo puedan ver todavía. La fe no opera por la razón ni por los sentidos; nace en el espíritu y se sostiene en la certeza de quién es Dios.

Muchas veces lo natural intenta limitar nuestra manera de pensar, pero la fe nos impulsa a creer en aquello que parece imposible para el hombre. La fe es creer en Dios sin ninguna duda, aun cuando todo alrededor diga lo contrario.

La Escritura declara en Epístola a los Hebreos 11:1:

“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.

La fe no pertenece al mañana, la fe es ahora. Por eso somos llamados a declarar y llamar las cosas que no son como si fuesen, creyendo que Dios tiene poder para transformar cualquier situación. Cuando caminamos en fe, dejamos de vivir únicamente por lo visible y comenzamos a movernos en la dimensión del Reino de Dios.

Así como el Espíritu Santo descendió con estruendo y fuego sobre los discípulos, hoy Dios también nos llama a romper el estancamiento espiritual y caminar en lo sobrenatural. Él desea levantar una generación que crea nuevamente en su poder, en los milagros y en la manifestación de su gloria.

La Palabra nos exhorta en Epístola a los Romanos 12:1:

“Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”.

La fe debe crecer cada día. No podemos conformarnos con una fe pequeña o limitada. Mientras más conocemos a Dios, más nuestra fe madura y se fortalece. La fe es como un músculo espiritual que necesita ejercitarse constantemente a través de la oración, la obediencia, la Palabra y la comunión con el Espíritu Santo.

La fe también es como un telescopio espiritual que nos permite ver aquello que parece imposible para otros. Donde muchos ven límites, la fe ve oportunidades para que Dios glorifique su nombre.

La Escritura declara en Epístola a los Romanos 1:17:

“Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá”.

En la fe entramos en nuevas dimensiones espirituales. Dios nos lleva de una dimensión a otra, de gloria en gloria y de fe en fe. Por eso necesitamos desarrollar una relación estrecha con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo, porque es allí donde nuestra fe se fortalece verdaderamente.

También debemos entender que nuestras palabras revelan el estado de nuestra fe. El hablar nos delata si realmente creemos o no. Una persona llena de fe habla vida, esperanza, promesas y propósito, aun en medio de la dificultad.

Cuando nos movemos en fe, nos movemos en la eternidad y en la gloria de Dios. En la fe las cosas permanecen, porque aquello que nace en Dios tiene fundamento eterno.

La Palabra dice en Libro de Isaías 57:17:

“Por la iniquidad de su codicia me enojé, y le herí, escondí mi rostro y me indigné; y él siguió rebelde por el camino de su corazón”.

Muchas veces vivimos atrapados solamente en el tiempo natural, conocido como Kronos, limitado por horarios, temporadas y circunstancias humanas. Pero Dios también nos llama a vivir en Kyros, el tiempo de la eternidad y de la intervención divina, donde Él abre puertas, acelera procesos y hace cosas inesperadas.

La fe es necesaria para cambiar atmósferas. Una persona llena de fe puede transformar el ambiente de su hogar, su familia, su trabajo y su generación, porque lleva consigo la presencia de Dios.

Debemos recordar que la fe es tanto un don como un fruto espiritual. Es el resultado de anhelar profundamente la presencia del Espíritu Santo y permitir que Él obre continuamente en nosotros.

Hoy Dios nos invita a levantar una fe viva, firme y activa; una fe que no dependa de las circunstancias, sino de su poder eterno. Porque cuando una persona cree verdaderamente, la atmósfera a su alrededor comienza a cambiar.