La presencia de Dios no es un sentimiento, es revelación: Su rostro mostrándose al hombre. En Cristo, no solo la buscamos… ¡la portamos!
No depende de nuestra capacidad; la diferencia está en la revelación interna. David lo entendió: “Una cosa he demandado… que esté yo en la casa de Jehová.” En Su presencia hay refugio, protección, fe y descanso.
El pecado y el orgullo separan, pero la santidad y la humildad atraen Su presencia. Ella crea atmósfera: donde hay adoración en espíritu y verdad, surge un ambiente de gloria.
Hoy somos portadores de Su presencia: donde vamos, Él va. Su agenda es manifestarse, traer avivamiento y revelar Su gloria. Una iglesia de la presencia tiene tres marcas: Palabra viva, poder que transforma y manifestaciones sobrenaturales.
Corre hacia Su presencia. Quita lo que la apague y vive permanentemente en ella. Sé un portador de Su gloria y permite que se manifieste dondequiera que vayas.
